Soy malo, soy malvado, soy...

¡Mojo Jojo!

El blog que parece serio, pero que no lo es

Hasta luego, Oviedo.

Y así, sin comerlo ni beberlo, es ya 31 de agosto/1 de septiembre. Qué lejano parecía este día, pero sí, ya está aquí.

Pensaba que estos días estarían bañados de muchas lágrimas por las despedidas, pero ha habido bien poquitas. ¿Por qué? Pues que si Tuenti, que si Skype, que si vengo con frecuencia, que si me vienen a ver. Esto ya no es lo que era (equis de).

1 de septiembre, en tren. Pareceré Harry Potter (aunque no marchándose de la casa de los Dursley, diosmelibre). Mis padres lo llevan con bastante dignidad, eso sí: se va su único hijo, pero lo dicho, que ahora nada es tan dramático.

Así pues, dejo atrás mi queridérrima ciudad. Oviedo, Oviedo, Oviedo. La muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica, buena. Limpia, elegante. Guapa (que no bella o bonita, que por algo estamos en Asturias). Fantástica. La echaré mucho de menos, también.

Aun así, nada es la ciudad sin la gente que conocí en ella. 17 años y 10 meses: no son cuatro días. Y aunque seguramente ninguno lo lea, les quiero dar las gracias a todos ellos: familia y amigos (si bien mi familia son buenos amigos, y mis amigos, como de la familia). Por hacerme tan feliz, y porque simple y llanamente les quiero. Buenas noches.

Android

Como si no tuviera cosas más importantes de las que hablar, hoy voy a permitirme escribir un post de tecnología, de esos que me gustan.

No sé si lo sabéis o no, pero desde hace mes y medio soy un orgulloso propietario de un móvil con Android. Para mi nada abultado bolsillo, Yoigo ofreció un móvil por 0€, 6€ mensuales de contrato (es decir, nada) y sin obligación de contratar tarifa de datos. No se podía pedir mucho: un Huawei, pantalla resistiva; en absoluto llamativo. Sin embargo, y pese a algún problemilla, ha satisfecho sobradamente mis expectativas.

Android es una maravilla. Cuando en su momento fue anunciado, si bien había predicho que Google se movería en esa dirección -un sistema operativo y no un Google Phone simple y llanamente-, ni loco hubiera imaginado el éxito que tendría. Aquí en España empiezan a tener peso, pero es que en Reino Unido me era imposible ir desde casa a la escuela sin toparme con media docena de anuncios de móviles con Android. Y que esto sea así es, sin duda, una gran noticia.

Android significa tener un ordenador en la palma de la mano a precios muy asequibles. Significa que Linux ha llegado a los móviles; significa que el potencial del aparato se multiplica por un millón. Durante mi estancia en Edimburgo pude llamar a mis padres de forma gratuita vía wifi, consultar mi correo, enterarme de las últimas noticias en España y descargarme los PDF para la vuelta. Ayer me sorprendía al ver que ha sido utilizado en el nuevo Papyre, el ebook español: tal es la versatilidad del sistema operativo. Cuarenta mil aplicaciones tiene ya Android Market, y esto seguirá en aumento, teniendo en cuenta el ritmo de crecimiento de la plataforma -que, dicho sea de paso, es mayor que el de iOS-.

Pero hablar de Android es hablar de Google. Y sabéis que, en fin, no soy especialmente benévolo con ellos. No obstante, en un mundo de enemigos, más vale aliarse con el menos malo. Los cuatro colosos de la tecnología/Internet hoy son Apple, Microsoft, Facebook y Google, y, sinceramente: me quedo con el último. Han cometido muchos errores, cierto, pero no tan graves como los que Apple y Facebook están cometiendo o han cometido. Son originales, no dejan de sorprendernos con los experimentos de sus Labs, y abogan por la apertura: Android y Chromium están siendo utilizados en infinidad de proyectos sin coste alguno para los desarrolladores, ni, como es obvio, para los usuarios.

Android es sólido, funcional y accesible. Google no necesita decir que ha inventado la videollamada en pleno 2010: han hecho un buen producto, y saben que no es perfecto -porque no lo es-, mas por ello están poniéndole el mismo empeño que al navegador, su otro “nuevo” producto estrella, hasta el punto de poner iOS y la manzana contra la pared. Sumémosle Maps, Street View, Navigation, Layar, Sky Map, Goggles, Shopper. Android logrará que Internet haga maravillas en nuestra vida cotidiana. Larga vida a Android.

Edimburgo

Édimbra para los amigos. La capital del reino escocés merece sin duda la visita. Oxford dejó el listón demasiado alto, por lo que este mes no ha sido tan intenso como aquél en tierras inglesas, mas eso no significa que no haya valido la pena.

  • Old Town, New Town. Ambas partes de la pequeña ciudad son Patrimonio de la Humanidad, y no es para menos. Repletas de historia, cada una de ellas con sus peculiaridades: la apretada y sorprendente ciudad antigua, la de los callejones, y la recta, fresca y elegante del siglo XVIII.
  • La amabilidad de la gente. Por lo visto es proverbial, y resulta que sí, que son muy amables. A excepción de los conductores de autobús (pero seguimos estando en el Reino Unido, no podemos pedir milagros), toda la gente con la que me he encontrado ha sido encantadora. Desde la mujer de mi casa hasta el dependiente de Watestone’s.
  • El festival de Edimburgo. Cuando vi en el telediario que habría 40 mil espectáculos (sí, un cuatro con cuatro ceros) durante el festival, que se celebra todos los años en agosto, casi me da un patatús. Cierto que en la Royal Mile (Old Town) te acosan dándote panfletos de tal o cual obra de teatro, pero las actuaciones en las calles son impresionantes. Música, acrobacias, mimos, humor. Un ambiente inigualable y que no decepciona: sin duda alguna, un placer visitar la ciudad en estas fechas.
  • El jardín botánico. Gratuito, y visita obligada. Precioso. Habrá que aflojar £3 para entrar en las Glasshouses, pero merece la pena: unos cuántos ecosistemas vegetales recreados en unos bonitos invernaderos, alguno victoriano incluso.
  • Libros, discos, pelis. El ocio en el Reino Unido es más barato -aunque después no haya dinero para comprar pescado-, así que hay que aprovechar para hacer algunas compras. El 3×2 en libros en el antes mencionado Waterstone’s es una buena oportunidad para ahorrarse unos páuns.
  • Las Highlands. Aun en una excursión fugaz, no hace falta mucho más para darse cuenta de la maravilla natural que son las tierras altas escocesas. Nada que ver con el paisaje asturiano: la cuna del famoso Nessie es más húmeda, más suave, más púrpura y, en ocasiones, más sorprendente.
  • Y siempre la Historia. Visita Glasgow, Stirling y todo lo que quieras: siempre habrá una apasionante historia. María Estuardo, “queen of Scots”; William Wallace. Infinidad de castillos, los clanes, las tradiciones. Holyroodhouse Palace, guerras mundiales. Un amplio espectro que, siempre que haya un buen narrador, se convierte en la más lúdica de las lecciones.

Un consejo: llevar chorizo, jamón, lomo ibérico o cualquier otro embutido de España. Se echa en falta cuando tienes para cenar patatas fritas y pasta con queso. Tampoco vayáis creyendo que vais a poner en práctica todo el inglés aprendido en Series Yonkis, porque hay más españoles que escoceses.

Teniendo todo esto en cuenta, os recomiendo que visitéis la Atenas del norte, como la llaman: merece la pena. Escocia es un país diferente; una cultura diferente, orgullosa de su pasado. Y su capital está a la altura.

Y un detalle: no estaba cansado, estaba enfermo. Por suerte, todo se solucionó sin problemas, simplemente con un par de paracetamoles.

Long Long Journey

Estoy agotado. Desde el martes hasta ayer he estado concluyendo todos los preparativos para mi futura estancia en Madrid (donde, dicho sea de paso, ya me he matriculado para un doble grado en Periodismo y Economía, por si no lo sabíais). Ha habido tiempo para ver la familia y para pasear por la capital, revisitando solo algunos de la interminable lista de lugares que Madrid ofrece (lo cual es sencillamente maravilloso). Todo un placer, máxime acompañado de buena gente.

Y hoy, vuelvo a marchar. A medianoche, volveré a Madrid, pero esta vez para volar hacia Edimburgo. Allí me recibirá una señora con su gato, cual señora Figg. Practicaré el inglés, me mojaré (no he visto un solo día en el que no avisaran de lluvia), visitaré unos cuantos museos y sitios con encanto (como The Elephant House) e incluso trataré de visitar las Highlands.

Así que aquí estoy, con un catarrazo terrible, pero ya casi preparado para volver a la carretera. He de confesar que si no actualizo mucho no es porque no tenga tiempo, sino porque simple y llanamente no me apetece. Tengo infinidad de cosas en la cabeza, y mientras esté en Edimburgo digo yo que actualizaré Twitter de vez en cuando y controlaré novedades en Tuenti y Féisbus una vez al día, pero no tocaré el blog, salvo por el post de rigor de resumen. Necesito desconectar un poco.

Y ahora me callo, que este blog no es para contar mi vida (¿o sí?).