Diretes y dimes

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10 años

Hoy es un día especial. Este blog que estás leyendo cumple 10 años.

Aunque no escriba tanto como aquel adolescente que aún vivía en Oviedo, sigo estando orgulloso de este rinconcito que tengo para mis moderados desahogos y para compartir aquello que me interesa. No es nada extraordinario, pero me alegra celebrar este aniversario.

Si hay alguien por ahí: gracias por seguirme.

La tiranía del algoritmo

El pasado 18 de noviembre me animé a escribir por primera vez en el blog del Real Instituto Elcano, donde trabajo. Desde la victoria de Trump este tema ha recibido mucha atención: este post es una primera toma de contacto.

Los medios de comunicación ya no son los únicos guardianes de la información que nos llega a los ciudadanos. Tras las elecciones estadounidenses, empresas tecnológicas como Facebook, Google y Twitter se han unido a la prensa en un examen de conciencia colectivo: ¿hasta qué punto pudieron contribuir, por acción u omisión, a la designación de un candidato abiertamente xenófobo y misógino?

El 44% de los estadounidenses utilizan Facebook para informarse de la actualidad. Pero a diferencia de las cabeceras tradicionales, las noticias que los usuarios reciben en su news feed están filtradas por un algoritmo. Aprendiendo de nuestros gustos y nuestro historial de interacciones, escoge para cada uno de nosotros aquellos contenidos que es más probable que compartamos.

Estos algoritmos pueden tener sentido dentro de una lógica comercial: son los que permiten que se te muestre publicidad de las gafas de sol que te interesan, y no del gimnasio que no vas a pisar en tu vida. La publicidad sustenta el modelo de negocio de todas estas compañías: cuanto antes consiguen tu clic, antes cobran del anunciante. Como afirma Wired, las interacciones son la principal divisa en la economía del clic. Sin embargo, los efectos secundarios son inquietantes cuando hablamos de información y de opinión pública.

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Juguete de dos caballos con orejeras. Foto: Staci Myers (CC BY-NC-ND 2.0)

 

Sí, es culpa del heteropatriarcado

Podemos estigmatizar a los 1.300 millones de musulmanes por lo que ocurrió ayer en Orlando, pero estaremos errando el tiro. Ellos también sufren, ellas también sufren. No olvidemos que en España ser homosexual estuvo penado con la cárcel hasta hace cuarenta años —y también en otros países occidentales en los que no había dictadura. No olvidemos que la Iglesia católica aún condena los “actos homosexuales”. ¿Es el problema una religión concreta?

No. Es el heteropatriarcado. Es esa construcción de la masculinidad tan tóxica, son esos roles de género que privilegian —oh, sorpresa— al hombre heterosexual. Es el discurso de odio del cardenal Cañizares, pero también el del sacrosanto Bertín Osborne que consigue hoy contratos de publicidad a puñados. Lo son los 79 ataques LGTBIfobos en Madrid en lo que llevamos de año.

Si esas 50 muertes van a servir, por ejemplo, para alimentar el discurso contra los refugiados, estaremos dejando en la estacada a personas como aquellas por las que hoy lloramos. No dejemos que el odio sirva de excusa para más odio. Por humildad, no olvidemos que esta Europa plural de la que algunos nos enorgullecemos no es la de ayer, y quizá no sea de la mañana. Francamente, no tenemos mucha autoridad moral.