Locus amoenus

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El mundo está lleno de locus amoenus, pero muchos no sabemos aprovecharlos.

Si bien no me canso de decir que soy de la muy noble, muy leal, benemérita, limpia y no menos elegante Ciudad de Oviedo, también llevo con orgullo alegría mi condición de asturiano. Echándole un vistazo a uno de los blogs de mi ya buena amiga Marina me doy cuenta de que mi querida comunidad está llena de esos lugares.

Yo soy de esos bichos raros que nunca ha tenido el pueblo al que ir todos los veranos. Tan solo fui una vez a la preciosa aldea en la que se crió mi madre, y francamente, añoro mucho la increíble sensación de estar en el campo. Tranquilidad, naturaleza, silencio. Para tirarse en un prao, sacar el libro y, si no buena música, escuchar la melodía del campo, la cual nada tiene que envidiar a la otra. ¿Otras modalidades? Playa, o el monte urbano (léase Purificación Tomás en Oviedo).

El mundanal ruido puede ser agotador en ocasiones, y de vez en cuando me trae a la memoria otro de mis sueños: disponer de una bonita casita perdida por los montes de Asturias, donde salir y tumbarme sobre la hierba. Mi propio locus amoenus. Dormir bajo la luz de las estrellas (¿quizá al lado de alguien?), escuchar el murmullo de una fuente cercana, sentarse a reflexionar… ¿No es acaso extraordinario?