Yo antes era un chico casero
He sido así toda la vida. Siempre he adorado estar en casa, nunca me he tenido problema por no salir de ella durante días y días.
Si bien mis padres se han preocupado de no lo hiciera, de que no me dejara llevar por mis instintos sedentarios. Incluso yo me autoobligué por mucho tiempo a salir en esos días en los que no tuviera nada especial que hacer. Por supuesto que esta pequeña manía que tenía nunca ha afectado a mi vida en cuanto a relacionarme y salir con mis amigos se refiere, pero sí que ha habido épocas (en especial en verano) en las que el no tener ese incentivo, del con quién salir, hacía que no encontrara motivos para alejarme de la comodidad de estar en mi hogar, y todo lo que en ella podía (y aún puedo) hacer.
Pero estoy cambiando. Lo he empezado a notar hace poco. He comenzado a valorar el disfrutar del fresquín de la calle, el alejarse de mi pequeño imperio se está convirtiendo en un placer. Con aquello de disfrutar de las pequeñas cosas, y tras haber retomado las actividades extraescolares, me he visto gustosamente obligado a caminar, a no quedarme en el sofá por vagancia. El año pasado estuve 15 días de mi valioso verano en una épica aventura campamentística por Huelva, y este año haré lo propio nada menos que a Londres, ambos viajes interesantes pero lejos de mi sedentarismo inicial.
Al fin he eliminado en buena parte esa afición tan poco beneficiosa. Si a eso le sumamos que echo en falta la playa (lo cual ya es el acabose), tal vez esté llegando a la conclusión de que no me conocía tan bien como podía aventurar.






