Deportividad
Raro será que no os hayáis enterado ya del asuntillo Real Madrid-Alcorcón. Para el que ande despistado: es la historia de un equipo de fútbol que muchos llaman “el mejor del mundo” que es terriblemente humillado por un equipo de segunda (B, para ser más precisos).
Y es que muchos de nosotros, los no-futboleros (que no significa necesariamente anti-fútbol) nos alegramos ayer a ver como ese once compuesto de estrellas con muchos ceros en su etiqueta quedaba en ridículo ante un grupo de jugadores con menos medios pero la potencia suficiente como para abofetearlos hasta cuatro veces.
El negocio futbolístico es de una insensatez tremenda. Hemos visto cómo esos fichajes multimillonarios quedan en nada ante un poco de azar y un mucho de savoir faire. No hacen falta cheques para hacer deporte. Mueven masas, cierto. Y montañas de dinero. Pero, sin embargo, ahí están los del Alcorcón CF, celebrando no solo poner en duda al sempiterno líder… sino también a toda la industria del fútbol.
Quizá estoy hablando demasiado de algo que apenas conozco, pero no creo ir desencaminado. Ya hace muchos años me llamaba la atención lo de los fichajes. El Real Madrid (y con él, huelga decirlo, cualquier equipo de ¿primera? línea) tiene a cuatro del lugar del que coge el nombre. Y no son precisamente malos.
Si bien critico ciertos patriotismos estúpidos, apoyar a tu equipo, el de tu ciudad o país, me parece muy sano y, por qué no, bonito. Sin embargo, seguro que es increíble el sentimiento patriótico de los madrileños viendo a neerlandeses, portugueses, brasileños, malíes, polacos y franceses representándoles.
Sensatez: eso es lo que hace falta al deporte televisivo, ese en el que el Rey, aun siendo solo el primus inter pares, discrimina a los demás. En el que el dinero vale más que la deportividad. En el que ganar, sea como sea, es más importante que participar. Sabéis de sobra que esto no es lo mío, pero siempre he dado al deporte el valor que tiene, y no se merece esto.
El fútbol, como cualquier otro, es diversión, es salud, es (para algunos más que para otros) felicidad. Alguna gente, como este buen hombre, o los afortunados jugadores del Alcorcón, creo que lo sabe bien. Sensatez, decía. Una pena que no sea contagiosa.



