Correo tradicional
No deja de ser paradójico que escriba sobre el correo convencional usando como herramienta su indudable destructor: Internet. Pero lo voy a hacer.
Hace ya cuatro días recibí no una ni dos ni tres, sino tres cartas de esas que están en peligro de extinción. No señor, no eran ni de bancos ni recibos, ni mucho menos me proponían ir a una muestra de productos ofreciéndome tan curiosos como dudosos regalos. No.
No diré que las tres hayan sido escritas a mano, porque sería faltar en cierto modo a la verdad. Una era una postal de mis padres, que se fueron una semanita a Mallorca y no faltaron a la tradición de enviar una. Otra me la envió Begoña Maza, una artista que por lo que aquí digo me envió unos cuantos marcapáginas y una carta también de su puño y letra. Y después las pegatinas de Creative Commons que había pedido, directamente desde San Francisco. Es esta la que estaba redactada a ordenador, pero sí que noté que la firma estaba escrita con boli. Melissa.
Vamos, que así porque sí, en tiempos en los que las palabras han olvidado la caligrafía (o en proceso están), llego a casa y me encuentro con tres sorpresitas de esas que ya apenas existen. Ha sido una casualidad, cierto. Hablaba antes de que era paradójico que usara mi blog para hablar de esto, pero también lo es que precisamente casi la totalidad de las últimas cartas que he recibido de un tiempo a esta parte han sido gracias a Internet. Desde País Vasco, Valencia o incluso Perú. Quizá Correos no desaparezca nunca, para que los nostálgicos podamos sentir que escribir a mano aún sirve para comunicar.
(Huelga decir que responderé a Begoña con una carta)






