Habrá quien ridiculice o minimice el alcance de Harry Potter, si bien cualquier crítica se torna absurda si recurrimos a las cifras. Pero ni tan siquiera eso haré. No hace falta. Sencillamente hay decenas, centenares de millones de niños que ahora ya no lo son tanto que hemos crecido viviendo el mundo mágico en tres mil seiscientas sesenta y cinco páginas, más mil ciento setenta y nueve minutos de metraje -y con muchos otros añadidos-.
Todo el mundo sabe que nada ha atraído nunca a los niños a la lectura del modo que lo ha hecho el muchacho de la cicatriz en la frente. Muchísimos adquirimos el gusto por la páginas gracias a esa magia que llegamos, incluso, a esperar se nos fuera reconocida en alguna carta a recibir en nuestro 11 cumpleaños.
No es la historia, que quizá flaquee en ocasiones, sino la vida que contiene. Todos los fans terminamos amando a personajes como la fantástica Hermione Granger, los divertidos gemelos Fred y George, el sabio Dumbledore, la gloriosa profesora MacGonagall; Luna, la chiflada de nuestros amores; el mesurado Remus Lupin, o la excelente madre que es Molly Weasley. Y, por último, pero no menos importante, el señor Dobby, el leal elfo que lo dio todo por sus amigos.
Quizá muchos no comprendan lo que significa para la comunidad fan esta última película. No me importa demasiado. Es el sueño de nuestra infancia. Los techos altos del Gran Salón, volar en escoba, “Wingardium Leviosa, no Leviosá”, Callejón Diagón, grageas Berrie Bott de todos los sabores.
No falta quien dice que hoy se ha acabado la infancia de toda una generación. En cierto modo lo siento así, pero llevamos la magia en nuestra sangre, así será hasta la tumba. Porque Hogwarts siempre estará allí, para darnos la bienvenida a casa.
*Juan llora*
