Soy malo, soy malvado, soy...

¡Mojo Jojo!

El blog que parece serio, pero que no lo es

Y entonces, ganamos el Mundial

La selección es un equipo que festeja a la perfección la diversidad de este país, su riqueza, y encarna una idea esencial para nuestra sociedad: sólo la colaboración y la unión nos pueden llevar a lo más alto. Unir es ganar.

Aunque no sean buenos momentos para defender al Presidente de Gobierno, lo cierto es que ha sabido expresar en esa frase lo que pienso.

Estaréis hartos de leer cosas del Mundial, pero como a mí me gusta de vez en cuando un poco de mainstream, hablaré de ello. Ya consolados porque no nos van a quitar tantos cuartos como pensábamos, y ya hundidas tantas empresas por la victoria, ahora toca disfrutar. Viéndoles esa estrella a los jugadores de la selección: un poco de orgullo patrio. Y sabéis que no soy yo mucho de estas cosas, pero podemos presumir.

No sé qué habrán pensado otros, pero yo me he sentido uno más de ese país real que ha estado pegado a las pantallas. En pleno debate sobre la nación catalana, aunque esos nunca acaban, solo puedo decir que yo me siento muy bien como español. Mis identidades no son excluyentes, me alegro profundamente de tenerlas todas ellas. No me malinterpretéis: respeto al que no piensa igual. Pero es sencillamente triste que pensemos en desunir más que en unir en tiempos difíciles. Aunque nadie tenga la culpa.

Al final el Mundial no ha sido la tapadera para la verdadera actualidad, y sí ha servido para que muchos, como yo mismo, nos hayamos parado a pensar sobre algunas cosillas, ha valido la pena. Y si ese equipo -plural, decente, modesto- nos representa, pues no seré yo quien le de la espalda.

Y ya para terminar, lo confieso: ya no sé que pensar sobre mi sempiterno rechazo al fútbol. Ahora ya lo veo con otros ojos. Felicidades a todos, porque hay motivos.

Mundial

Voy a traer a la palestra el trending topic de estas semanas (si obviamos el Expecto Patronum). El mundial de fútbol.

Mi relación con el deporte siempre ha sido poco afortunada, no nos vamos a engañar. Y, sin embargo, aquí estoy, siguiendo día a día el campeonato sudafricano. No estoy horas y horas, pero sí que me interesa.

¿Por qué? Mmm, no estoy seguro. Pero quizá porque me gustan los grandes revuelos mediáticos -y este, pese a ser cuatrienalmente rutinario, lo es-. En cierto modo, es apasionante ver cómo todo el mundo (y nunca mejor dicho) está atento a lo mismo; la sensación es similar a la que produce una noticia de gran relevancia como fue hace año y medio la elección de Obama.

Como bien apunta mi amigo @arolissimo, se está usando como tapadera de los graves problemas por los que está pasando cualquier país, muy especialmente el nuestro, pero ojalá fuese la única que se ha utilizado en política en mucho tiempo. Y es un gran despilfarro, mas parece que el fútbol profesional es en sí un despilfarro, sea al nivel que sea.

Y es que, aunque sirva para generar debates bastante hirientes (como, por ejemplo, en Cataluña), también es cierto que sigue cumpliendo su función de unir. La roja, la roja. El fútbol es la única excusa que encontramos para exhibir orgullosos nuestra bandera. Hay de qué, porque con estos futbolistas tenemos la misma suerte que con el Rey: no los hemos elegido, pero tampoco lo hacen tan mal.

Por todo eso -por lo grandioso del espectáculo, por el espíritu de unión, porque encima esté relacionado con algo tan positivo como la deportividad-, me gusta el Mundial. Y si ganamos, pues a celebrarlo en las fuentes, a ver si ahogamos -o rehogamos- nuestros infortunios entre tanta emoción.

Que, por cierto, a ver cómo resolvemos hoy el partido. Las maldiciones están para romperlas.

Ya está

Este año más que nunca, me complace deciros que ya estoy de vacaciones. Han sido tres días de muchos nervios estos de la PAU, pero ya se han acabado (y no han salido mal en absoluto). Queda por delante muchas despedidas, Edimburgo y el plato fuerte: Madrid. Interesante, interesante.

Pero ahora lo que toca es guardar los apuntes, vaguear con moderación y disfrutar de la libertad estival, aunque el tiempo no acompañe. Disfrutad.

Firefox vs. Chrome

<introducción para legos> Hace ya unos años que pudimos liberarnos de esa pesada cruz que era Internet Explorer, aquel pésimo navegador que imponía su propia forma de entender Internet a una vergonzosa mayoría de los usuarios. Mozilla Firefox, indiscutible bandera del software libre, nos permitía por aquel entonces utilizar cosas nuevas: unos interesantes complementos, pestañas, gestor de descargas, etc.; y aunque de aquella la web se diseñaba para IE y no todas las páginas se veían correctamente, muchos apostamos por aquel navegador.

Con el paso del tiempo, Firefox se reafirmó como la mejor alternativa al monstruo microsoftero. Sin embargo, hace casi dos años Google dio un movimiento muy acertado, lanzando Chrome: un navegador con un potente y rapidísimo motor, open-source también, Webkit; una interfaz absolutamente minimalista y concentrada, y una envidiable velocidad en su desarrollo. </introducción para legos>

Muchos os habéis cambiado a Chrome, y, de corazón, lo entiendo. Hacer clic y tener instantáneamente una navegador abierto es algo contra lo que Firefox no puede (al menos por ahora) competir. Los complementos no parecen ralentizar todo esto en absoluto, y ciertas opciones, como “Fijar pestaña”, crear accesos directos a aplicaciones (lo cual hace bastante mejor que Prism) o la sincronización de marcadores gracias a una cuenta de Google, son muy interesantes.

Pero incluso todo ello queda en segundo plano si lo comparamos con la ligereza global del navegador: velocidad, cumplimiento al 100% de estándares (las versiones de desarrollo incorporan al día incluso las funciones más experimentales de HTML5, como las notificaciones), separación de procesos por pestañas. En realidad, y aunque me cueste admitirlo, Chrome es el mejor navegador que existe hoy día, en cuanto a la experiencia de usuario: combina a la perfección el inigualable Webkit con la personalización de Firefox.

No obstante, ya os habréis dado cuenta: soy usuario de Firefox desde hace varios años, y seguiré siéndolo. ¿Por qué? Mis razones:

  • Diseño. Ya lo he dicho: la interfaz inicial, la que usas todos los días en cualquier navegador, es sencillamente perfecta en Chrome. Sin embargo, hay ciertos detalles que no me gustan tanto. Obviando la falta de separadores para los marcadores (que es una chorrada, lo sé, pero los echaría en falta), el diseño en Chrome no es homogéneo. Las opciones tienen un aspecto diferente para cada complemento, y por desgracia no todos los que los desarrollan tienen el buen gusto de @glztt. Además, es inexplicable que aún no reconozca feeds RSS: no sé, Google, intégralo con Reader si te apetece, pero no permitas que tu navegador luzca así, que es deplorable:

El mejor navegador del mundo.

  • Google y Apple vs. el software libre. Aquí va un argumento algo más contundente. Un defensor del software libre no debería irse de Firefox. ¿Por qué? Pues porque dos grandes compañías andan detrás. Detrás del núcleo, Apple con Webkit. ¿Es libre? Pues sí. Sin embargo, apoyar Webkit es apoyar a Apple, la más privativa de las corporaciones informáticas ever. Además, y pese a la gran alegría que me ha supuesto que Google libere VP8 y que apueste por él, H.264, el códec privativo propiedad de Apple, seguirá teniendo importancia y, en principio, seguirá siendo compatible con Chrome. Y si puedo evitarlo, prefiero no dar apoyo a un estándar privativo.
  • Privacidad. Pero aquí está el quid de la cuestión. Mis rabietas por la incoherencia visual de Chrome o por mis principios pro-open-source pierden su importancia si lo comparamos con la seguridad que Mozilla Firefox da. Firefox es libre, sin paliativos. Ni códecs privativos, ni una línea de código cerrado, ni un aspecto que no puedas personalizar. Lo suficientemente lejos de cualquier interés corporativo. Hay un complemento que me encanta: Mozilla Sync, formerly Mozilla Weave, que te permite tener en la nube marcadores, configuración, pestañas y contraseñas, y es un buen ejemplo de cómo trata Firefox el tema de la privacidad. En vez de estar protegido por una simple contraseña, como ocurre en Chrome (es decir, que tu historial y favoritos se suma a la grandísima cantidad de información que sobre tí tiene Google), con Sync tus datos están codificados también por una frase secreta que solo tú conoces, y que no se encuentra en los servidores. Tanto es así que puede subir el paquete que contiene todos tus datos incluso a un servidor FTP privado. No hay color.

Chrome tiene cosas muy chulas que son accesorias. Firefox, al menos para mí, tiene cosas sencillamente imprescindibles. No puedo renunciar a la privacidad por tener una interfaz reshulona y por tardar un segundo menos en abrir la aplicación. Prefiero quedarme con ella, y con mis complementitos bien diseñados. Además, qué demonios: se vienen cosas interesantes con el zorro. Aunque tengamos que esperar un siglo xD.

¡Oh, pero si se ven los feeds!

Y días después… En un arranque de incoherencia conmigo mismo, decidí darle una oportunidad absoluta a Chrome (o mejor dicho, Chromium), como en su momento hice con Ubuntu. El resultado ha sido el mismo (salvo por el hecho de que he durado treinta veces menos). No puedo vivir sin mis perfectos marcadores, mis tags, mis búsquedas personalizadas y sin la coherencia visual de Firefox. Siento la infidelidad, zorro, pero vuelvo para quedarme.