Praga, Bratislava, Budapest, Viena y frío

Ya se ha acabado la semanita de viaje de estudios por Centroeuropa. ¿Balance general? Bien, porque he visto y vivido lugares impresionantes con gente que me cae bien, pero vuelvo con un sabor agridulce.
Empezaremos por la peor parte.
Problemas
El frío. No os podéis ni imaginar lo que han influido las bajas temperaturas en el disfrute de un viaje que a priori se intuía perfecto. Desconozco realmente si sentí en mis carnes las escalofriantes temperaturas que se esperaban (hasta -16ºC), pero he sufrido. Cuando vas a unas ciudades tan encantadoras no pudiendo estar un cuarto de hora afuera no disfrutas como debieras: cada hora de tiempo libre que nos daban se convertía en la búsqueda del sitio más cercano donde encontrar calor, en especial de noche. Además, no olvidemos la repercusión que tiene en el estado de humor, que, creo yo, es crucial además en un viaje donde la convivencia lo es todo.
Y es que si al frío le sumamos el estrés entenderéis mi reticencia a decir que lo he disfrutado totalmente. Por si fuera poco el reducido tiempo con el que contábamos en cada lugar, algunos fallos en la organización y algunas complicaciones con los autóctonos nos pusieron un poco más de los nervios, si cabe. En uno de los hoteles, había vello púbico en las camas, semen en las sábanas, sangre en las toallas y cucarachas muertas. En el balneario, en teoría casi de lujo, nos hicieron esperar media hora cuando solo teníamos hora y media para coger el bus (paradójico el estresarnos en un lugar así, ¿no creéis?).
He llegado a casa cansado y enfermo (algo tengo en la garganta). No, no he desconectado.
Peeero…
Ha estado bien, no os voy a engañar. Como ya dije, he visto cosas increíbles, y por eso quiero, ya liberado de lo malo, contaros la chicha para que veáis cuán curiosas cosas os esperan si viajáis en alguna ocasión por aquellos lares.
Praga
De Praga salí con la sensación de haber estado en un parque temático. No se veía más vida que la turística por ahí, y la verdad es que no me gustaría que el inglés invadiera el castellano del modo que lo hacía allí con el checo, por no hablar de la gran cantidad de empresas inglesas allí establecidas (Tesco, Marks&Spencer…). Los monumentos, de acuerdo, ciertamente impresionantes.
- Castillo de Praga: una catedral impresionante (con una preciosa vidriera de Mucha, un artista del lugar), así como el Callejón de Oro, con mucho encanto.
- Puente de Carlos, totalmente de película Disney.
- La plaza vieja, con el curioso reloj, un bonito lugar donde ver los peculiares monumentos alrededor y quizá disfrutar de los puestos ambulantes de comida.
También paseamos por sus calles con la tranquilidad que nos permitía el frío, viendo quizá tiendas de lujo, rincones secretos, huellas soviéticas o detalles simplemente diferentes, y eso jamás es malo.
Bratislava
Apenas estuvimos un par de horas, que dedicamos a comer y a dar un supersónico paseo de un cuarto de hora por un poco del casco antiguo. Un placer utilizar los euros y un asquete probar el agua con gas.
! → Reflexión sobre el agua con gas #1: El agua con gas no es agua normal con burbujitas. No sabe a agua normal, ¿vale?
Budapest
Pese al asunto del hotel, la verdad es que esa ciudad me gustó. Fue la de los transportes: montamos en barca por el Danubio, gratis como recompensa; en tranvía, gratis por gracia del conductor, y en metro, y también vimos trolebuses. En cuanto a lugares visitados…
- El Bastión de los Pescadores: un mágico rincón digno de cuento de hadas que, a modo de gran mirador de Budapest, fue construido con el único objetivo de agradar a la vista. Es, y no es para menos, Patrimonio de la Humanidad.
- Una cafetería que encontramos por casualidad, en el interior de lo que parecía un palacio. Techos altos, decoración espléndida, buen servicio: romántica y encantadora.
- Balneario Gellert. Pese a los problemas por entrar, pudimos relajarnos en sus piscinas, de principios de siglo y con un encanto indiscutible. 26, 36 y 38 grados, si mal no recuerdo, más el frigidarium, el baño turco y la sauna. Lo probé todo, con moderación y a excepción de la sauna. Y la piscina a 36, fantástica.
También me gustó el cambio que sentí con respecto a Praga: allí había vida. Fuimos a una de las calles principales, y no había solo turistas, por fin.
! → Reflexión sobre el agua con gas #2: No fiarse de comprar agua que no parece tener gas. Fijarse bien en que diga still water, porque compramos una que (solo pudo haber sido obra del demonio) sabía a agua con gas… ¡pero sin gas! El colmo de la asquerosidad, sabía a agua de chochos.
Viena
Si bien veíamos que no quedaba mucho viaje, Viena no decepcionó. Una ciudad europea a todos los efectos, con nuestro anhelado euro (lo siento, usar coronas y florines no tiene ningún encanto) y con un idioma que no parecía albanokosovar.
- Una bombonería. Fueron terriblemente amables, enseñándonos las delicias que tenían en su pequeño local. Todo un placer.
- Museo de Belvedere: un magnífico cuadro de Gustav Klimt, el famoso “El beso”, así como un clásico retrato de Napoleón que era simplemente hipnotizante.
- “Museo B” (mañana os contaré).
Y, aparte, toooooooodos los monumentos. Es increíble la cantidad tan desmedida de edificios antiguos que hay en Viena: es francamente imposible cuidarlos todos.
Conclusiones
- No viajar nunca a un lugar donde haga frío.
- Deberíamos compartir nuestro tópico de hiperhistórico país con alguno más.
- Conocer culturas puede sonar divertido en principio, pero no todas ellas te van a gustar, tenlo por seguro (ahí lo dejo).
- Frase de 0,60€: vaya cómo se aprende viajando.
- Y otra: la convivencia puede desgastar, pero no es tan mala.
Mañana, os cuento los momentos WTF. Y hay uno que, os aseguro, merecerá la pena.





