
En principio iba a escribir acerca de la TDT en general: de lo intolerable de que, de 26 canales, 3 sean de teletienda y otro de pago para fútbol (y mejor no profundizaremos en sus orígenes. Pero finalmente voy a hablar de la relación entre política y televisión, empezando por uno de esos canales que han llegado a las casas de todos los españoles que, voluntariamente o ya por la fuerza, tienen el nuevo sistema de recepción de televisión en sus hogares. Estoy seguro de que muchos de vosotros lo conoceréis, quizá por el caso Wyoming: su nombre, Intereconomía. Su signo: de derechas.
Intereconomía TV es un canal de televisión con cobertura a nivel nacional. Liberales en cuanto a lo económico, conservadores en cuanto a lo social, creo que no costará situarlos en la cercanía de los populares (si bien no son demasiado benevolentes con ellos). Sin embargo, con el paso del tiempo, se ha convertido en la bandera mediática, seguida de Popular TV, la Cope, Veo TV, Libertad Digital y la futura esRadio, la Razón y otros minoritarios como Alba o Época, del que muchos llaman “lobby ultraconservador”, utilizando esa terminología que a ellos tanto les gusta. Y basta una búsqueda en YouTube para saber de qué va esta gente.
Ayer, tras intentar ver un debate en la Noria de Telecinco, hice zapping hasta llegar a Intereconomía. Era otro debate, el mismo que aquella vez había visto en el que Escolar no se llevó el más mínimo apoyo. ¿Su nombre? El gato al agua. Cinco personas en principio enteradas sobre los temas que van a tratar debatirán sobre temas de actualidad. Sin embargo, qué deciros: más que un debate parecía eso una amistosa conversación. Una sola voz discordante frente a cuatro a favor de la línea editorial (si se me permite utilizar este término) del canal: así pueden exponer como quieran, argumentando solo si les apetece, porque nadie les echará en cara no hacerlo. No obstante, no negaré que exponían opiniones interesantes, bien las sensatas, bien las carentes de argumentación. Digamos que tuve un momento Noria: me enseñaban tanto sus aciertos como sus estrepitosos errores.
Daban en el clavo afirmando, por ejemplo y hablando del tema del aborto, que es una postura absolutamente machista no responsabilizar también al padre en el embarazo no deseado, así como no pedirle opinión también a él. Quizá exageren, pero tampoco veo demasiadas fisuras a aquello de que el aborto se está convirtiendo en un método anticonceptivo alternativo. Pero, por el otro lado, se les ve el plumero cuando afirman que Zapatero (tras haberle llamado ignorante, mentiroso e incompetente por diversas razones) cuando pide retirar los símbolos religiosos, peca de maldad. Conclusión más estúpida en mi vida la vi: ¿en serio, aunque no lo compartas, no entiendes las razones de aquellos que piensan que la religión debe mantenerse al margen en temas institucionales en un Estado aconfesional?
Sabemos que la política en España va mal: Zapatero no tiene ya a muchos a su favor, el PP no se está ganando la oportunidad de reemplazarle; muchos problemas en nuestra sociedad, muchos debates abiertos y decisiones mal resueltas. Y quizá esto pase en todos los países del mundo, pero lo desconozco: medios que tienen poco de neutrales. Siempre había dicho que me fastidiaba que sean los de derechas los que tengan los medios para difundir sus ideas en los medios (recordad la lista que mencione antes de canales de radio y televisión, así como de webs, que pertenecen al lobby ultraconservador), pero lo cierto es que la izquierda también tiene de lo suyo. Publisexta (La Sexta -TV- y Público -prensa-), así como el mundo Prisa (Cuatro y el País, especialmente) se etiquetan claramente como progresistas.
Los medios no son muy sutiles. Ha llegado un momento en que Público me ha llegado a decepcionar con el cierto fanatismo que deja entrever (aunque lo cierto es que aún recuerdo esa argumentación que hicieron a favor de Chávez que, he de reconocer, me dejó sorprendido), así como he podido ver en ambos bandos más veces, en repetidas ocasiones. Pero Intereconomía yerra de descarada. Con afirmaciones categóricas como la de la maldad de Zapatero pierden toda la credibilidad, y vemos que estas se repiten constantemente en su programación. Difunde y opina lo que quieras, que de eso se trata la libertad de expresión. Pero al menos argumenta. Y no ofendas de forma tan gratuita, que queda feo.
En definitiva: la televisión se ha convertido en política. Y no solo por qué posturas defiendan, sino por su falta de coherencia y de sentido común (apoyando políticas y programas absurdos, por ejemplo) y por los continuos ataques mutuos. En la mayoría de los casos, carentes de razón: en especial cuando metemos la definición de “periodista” de por medio. O cuando achacan unos a otros en política de aferrarse al poder (los otros lo hacen a la audiencia). Incluso cuando se echan en cara negociar con los terroristas, o llevar a platós a delincuentes. Me dan un poquico de asco, qué queréis que os diga. Pero así es este país.

Cuánta razón.