Echando de menos
He escrito ya bastante acerca de mi viaje a Oxford, pero quizá no lo suficiente. La experiencia ha sido extraordinaria, creo que eso ya ha quedado claro, pero precisamente por eso me resulta tan difícil no “recuperarme”.
La vida allí era fascinante. Cierto, eran vacaciones, pero además, como ya dije en varias ocasiones, era vivir allí. No sería capaz de describiros la felicidad que sentí al caminar la primera vez por aquella calle que tantas veces recorrería en aquellos 28 días, destino al bus que me llevaría al centro, así como no podría describiros la tristeza que inundó la última -y uso bien el verbo “inundar”, tal era el maldito llanto que llevaba encima.
Conocí a muchísima gente, también lo sabéis, pero gente de la que despedirme en su mayoría. De Asturias, con los cuales ya he vuelto a estar (con alguno alguna incluso varias veces); de León, un par de ellos; el mejor sevillano ever, y mis amadas catalanas. Las simpatiquísimas italianas, los amistosos franceses. Los turcos, incluyendo a mi compañero de habitación (sí, el que me dijo que si quería pepino); los macedonios, con pijas, delincuentes, gente normal y frikis; los rusos, en especial esa gran fotógrafa, y también las kazajas: una de las sorpresas. Chinos que me dijeron que mi nombre, en mandarín, significa “chica amarilla”. El jordano, el dubaití, la japonesa. Aaron, mi profesor, un encanto de hombre: atento, divertido, educado y respetuoso al máximo. Mi monitora, la española (aunque es de Argentina), con la cual disfruté de encantadores paseos por las curiosas tiendas de Oxford.
Y claro, la familia. Cuando llegué el primer día voy al salón y me encuentro una decena de chavales: fue embarazoso, máxime después del episodio del teléfono. Pero fueron buenos anfitriones. La abuela era muy entrañable, el primo gilipollas perdido. El marido no muy hablador, pero agradable al fin y al cabo. Los hijos mayores, nah, buenos chavales. La pequeña, con la que tanto me reía y que tantas cosas me contaba. Y esa madre postiza que tuve por un mes, cariñosa y trabajadora, y que me despidió ojos llorosos -provocando en mí otra cascada de lágrimas, obviamente.
No solo eso. Sumémosle a las nuevas compañías una nueva y agradable rutina, chocolates calientes y alitas de pollo, libros a media libra, English everywhere, muchas situaciones curiosas, monumentos casi hechizados, calles casi mágicas, rincones escondidos, alfómbricos céspedes. Londres, Stratford, Bath. Música. Muchas canciones que me deprimen en cero coma estos días. Ir pa aquí, ir pa allá. Primeras veces (en el mejor sentido de la expresión).
Sería feliz volviendo a pasear por Oxford, porque de veras lo echo mucho de menos. Pero sé que lo que echo de menos no es un lugar, sino una experiencia. Tengo la misma sensación que tantas otras veces: si tratara de repetirlo, perdería el encanto. Y por eso me limitaré a quedarme “pinzao” viendo cualquier foto de las 500 que allí hice que me encuentre por cualquier lado. Quién sabe, quizá así logre acostumbrarme a la cantidad de despedidas que, seguramente, tenga que sufrir en todo lo que me queda por delante.
Ya está. No publicaré nada más de Oxford, que ya ha sido suficiente. Sed felices.
He subido un buen puñado de fotos que hice por allí a Picasa. Seguro que os gustarán: no hace falta ser un gran fotógrafo para captar tanta belleza :).





