El pasado 18 de noviembre me animé a escribir por primera vez en el blog del Real Instituto Elcano, donde trabajo. Desde la victoria de Trump este tema ha recibido mucha atención: este post es una primera toma de contacto.

Los medios de comunicación ya no son los únicos guardianes de la información que nos llega a los ciudadanos. Tras las elecciones estadounidenses, empresas tecnológicas como Facebook, Google y Twitter se han unido a la prensa en un examen de conciencia colectivo: ¿hasta qué punto pudieron contribuir, por acción u omisión, a la designación de un candidato abiertamente xenófobo y misógino?

El 44% de los estadounidenses utilizan Facebook para informarse de la actualidad. Pero a diferencia de las cabeceras tradicionales, las noticias que los usuarios reciben en su news feed están filtradas por un algoritmo. Aprendiendo de nuestros gustos y nuestro historial de interacciones, escoge para cada uno de nosotros aquellos contenidos que es más probable que compartamos.

Estos algoritmos pueden tener sentido dentro de una lógica comercial: son los que permiten que se te muestre publicidad de las gafas de sol que te interesan, y no del gimnasio que no vas a pisar en tu vida. La publicidad sustenta el modelo de negocio de todas estas compañías: cuanto antes consiguen tu clic, antes cobran del anunciante. Como afirma Wired, las interacciones son la principal divisa en la economía del clic. Sin embargo, los efectos secundarios son inquietantes cuando hablamos de información y de opinión pública.

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