Podemos estigmatizar a los 1.300 millones de musulmanes por lo que ocurrió ayer en Orlando, pero estaremos errando el tiro. Ellos también sufren, ellas también sufren. No olvidemos que en España ser homosexual estuvo penado con la cárcel hasta hace cuarenta años —y también en otros países occidentales en los que no había dictadura. No olvidemos que la Iglesia católica aún condena los “actos homosexuales”. ¿Es el problema una religión concreta?

No. Es el heteropatriarcado. Es esa construcción de la masculinidad tan tóxica, son esos roles de género que privilegian —oh, sorpresa— al hombre heterosexual. Es el discurso de odio del cardenal Cañizares, pero también el del sacrosanto Bertín Osborne que consigue hoy contratos de publicidad a puñados. Lo son los 79 ataques LGTBIfobos en Madrid en lo que llevamos de año.

Si esas 50 muertes van a servir, por ejemplo, para alimentar el discurso contra los refugiados, estaremos dejando en la estacada a personas como aquellas por las que hoy lloramos. No dejemos que el odio sirva de excusa para más odio. Por humildad, no olvidemos que esta Europa plural de la que algunos nos enorgullecemos no es la de ayer, y quizá no sea de la mañana. Francamente, no tenemos mucha autoridad moral.