Con un 21,52% del paro según el último dato del INE (tercer trimestre de 2011), más el medio millón adicional que el Banco de España augura para 2012, podemos lamentarnos de la cantidad de tiempo que, previsiblemente, tardaremos en salir del hoyo. Crear cinco millones de empleos será una tarea difícil -eso si conseguimos detener la sangría-. Pero, ¿y si no fuera difícil, sino imposible?

Qué bellos esos tiempos en los que soñábamos con trabajar en aquello que nos gustaba. Yo mismo leo con tristeza cómo la máquina de hacer periodistas funciona cada vez más rápido mientras se destruye algún que otro millar de empleos en el sector. Los jóvenes estamos consiguiendo títulos universitarios que desde luego no nos garantizan un puesto de trabajo en nuestro campo. Y duele aceptar un empleo que se puede ejercer con el graduado ESO cuando has estado un lustro en la universidad.

Somos muy señoritos. Antes de la crisis un cierto porcentaje de los millones de inmigrantes que llegaron a nuestro país se encargaron a hacer lo que nosotros no queríamos. Ahora, que la situación está como está, habrá quien esté dispuesto a trabajar en lo que sea, pero nos encontraremos -y a largo plazo- con un grave problema: la globalización. El otro día leía cómo Obama pregunto al difunto Steve Jobs que por qué no se podían fabricar los iPhone en EEUU, como ocurrió con los automóviles en el siglo XX. Y contestó que sería imposible. Aquí encontraréis las razones: hay un enorme mercado de trabajo en China deseando esos puestos de trabajo en los que la jornada dura 12 horas y se cobra 13€ al día.

Aquí nos rasgamos las vestiduras leyendo esto. Es normal, hay que rasgárselas, pero es lo que hay. Por mucho que intenten las industrias culturales detenerlo, y los fanáticos defensores de internet desmentirlo, internet mata y aleja mucho empleo. Tiene su lógica: internet es globalización, es eficiencia, es optimización. Que tire la primera piedra el que no haya comprado algo por Ebay que viniera de fuera de España, por ejemplo. La fabricación, afuera; la mensajería, de afuera también. Cuando queramos tener esos empleos será demasiado tarde.

Lo único que podríamos hacer en nuestro país para no quedarnos atrás es invertir en lo que nos diferenciamos por ahora en Occidente -por poco tiempo si no reaccionamos-: la innovación, la tecnología. Que como sabemos es una prioridad en los Presupuestos Generales del Estado, por no mencionar las leyes que facilitan el desarrollo de proyectos en internet, que nuestros queridos Sinde y Wert han impulsado, y las geniales reformas educativas que nos ponen a la bandera de la OCDE en el informe PISA.

Metamos en la batidora el envejecimiento de la población; el empleo de la construcción, que jamás volverá; la economía sumergida, la evasión de impuestos; la deuda, el 394% de nuestro PIB, y las políticas restrictivas neoliberales que más que facilitarla parecen alejarnos de la recuperación. Y entonces riamos por no llorar.