Voy a traer a la palestra el trending topic de estas semanas (si obviamos el Expecto Patronum). El mundial de fútbol.

Mi relación con el deporte siempre ha sido poco afortunada, no nos vamos a engañar. Y, sin embargo, aquí estoy, siguiendo día a día el campeonato sudafricano. No estoy horas y horas, pero sí que me interesa.

¿Por qué? Mmm, no estoy seguro. Pero quizá porque me gustan los grandes revuelos mediáticos -y este, pese a ser cuatrienalmente rutinario, lo es-. En cierto modo, es apasionante ver cómo todo el mundo (y nunca mejor dicho) está atento a lo mismo; la sensación es similar a la que produce una noticia de gran relevancia como fue hace año y medio la elección de Obama.

Como bien apunta mi amigo @arolissimo, se está usando como tapadera de los graves problemas por los que está pasando cualquier país, muy especialmente el nuestro, pero ojalá fuese la única que se ha utilizado en política en mucho tiempo. Y es un gran despilfarro, mas parece que el fútbol profesional es en sí un despilfarro, sea al nivel que sea.

Y es que, aunque sirva para generar debates bastante hirientes (como, por ejemplo, en Cataluña), también es cierto que sigue cumpliendo su función de unir. La roja, la roja. El fútbol es la única excusa que encontramos para exhibir orgullosos nuestra bandera. Hay de qué, porque con estos futbolistas tenemos la misma suerte que con el Rey: no los hemos elegido, pero tampoco lo hacen tan mal.

Por todo eso -por lo grandioso del espectáculo, por el espíritu de unión, porque encima esté relacionado con algo tan positivo como la deportividad-, me gusta el Mundial. Y si ganamos, pues a celebrarlo en las fuentes, a ver si ahogamos -o rehogamos- nuestros infortunios entre tanta emoción.

Que, por cierto, a ver cómo resolvemos hoy el partido. Las maldiciones están para romperlas.