Capitalismo, comunismo. Parece mentira que estemos en el siglo XXI, pero lo triste es que aún tengamos problemas. Y es que viendo Capitalismo: una historia de amor, película del siempre polémico Michael Moore, uno podrá pensar muchas cosas, pero no se queda indiferente. No obstante tampoco es necesario verla para estar alterado estos días.
En un principio, podríamos haber dicho que pobres, estos americanos. Esas compañías de seguros que solo te quieren cuando estás sano, esas compañías financieras que lloran cual niño caprichoso, compañías de, compañías. Dinero, dinero, dinero. Las multinacionales controlándolo todo; la plutocracia. Pero no hace falta irse tan lejos. Eso es lo que más me preocupa.
Porque en EEUU, pero también en Europa, en España y en el mundo entero, estamos bajo el yugo del mismo capitalismo contra el que luchó Marx. La impunidad de los irresponsables es vergonzosa e insultante, se va tras el trabajador normal y corriente, se mantienen los privilegios de la clase alta. Lo más doloroso es que en España esas medidas las toma un Gobierno con un presidente cuya estupidez se muestra cada vez más evidente no por lo que dice, que como todo político es muy bonito, sino por lo que hace. El Partido Socialista Obrero Español -así, con todas las letras, porque el nombre es ya un auténtico despropósito- está no solo decepcionando, sino verdaderamente cabreando a la sociedad entera. Esto es intolerable.
También Europa está en crisis. Hace poco reflexionaba para mí mismo que me gustaba la identidad europea. Pues manda narices que sea otra vez el maldito dinero el que la esté resquebrajando. A lo que voy es que todos los proyectos de progreso se ven apuñalados por una crisis financiera que podría haberse evitado. Pero ahora la crisis es social: se recortan derechos por los que habrían de ser sus garantes, se tiende al inmovilismo en cuanto a lo verdaderamente necesario y justo, a la burla a la ciudadanía. Corrupción, demagogia. Y falta de lo que hay que tener para legislar como es debido, para ofrecer propuestas valientes y acabar con los corruptos, con los privilegiados, con los especuladores.
El dinero aporta menos de lo que crea. No sé de que sirve tanta libertad si esta provoca que una minoría sea hiper-mega-chachi-feliz mientras el grueso de la sociedad vive con serios problemas. Si bien el comunismo del siglo pasado es impracticable, habíamos alcanzado ese equilibrio entre libertad e igualdad, entre dinero y derechos, que nos había acercado a la felicidad. Pero esos rescates multimillonarios que sirven para mantener los beneficios de los bancos mientras nuestro déficit sigue creciendo servirían para erradicar el hambre en el mundo; se están beneficiando del contribuyente para salir del embrollo en el que ellos se han metido. Los injustos recortes salariales a los funcionarios podrían suprimirse con alternativas libres de software (no es broma), con la eliminación del aporte antidemocrático a la Iglesia católica o, simple y llanamente, gravando a los ricos como es debido, entre otras muchas medidas.
¿Que no hay para todos? Pues parece que sí que hay. ¿Que tenemos que apretarnos el cinturón? Quizá, pero hagámoslo cuando sea justo y necesario hacerlo, cuando aquellos a los que no les cuesta tanto lo hayan hecho antes. Entonces, ¿qué hacemos? Estamos en democracia, pero qué democracia: no creo que para el 2012 si podremos poner de acuerdo a 46 millones de habitantes que ponen como líderes de audiencia al cotilleo intestinal más despreciable. La acción de unos pocos no es suficiente. No tengo mucha fe, no creo que haga falta decirlo.
Anteayer se graduaron unos antiguos compañeros míos. Allí, el director del colegio -cura, por cierto-, recordó una verdad universal: es fácil ser amigo cuando las cosas van bien, pero la verdadera amistad se demuestra en los momentos difíciles. El sistema actual nos ha traído muchas cosas, pero ahora nos quita demasiadas. El poder que otorga corrompe, y mata nuestro bienestar. Hay que cambiar, pero no sé yo.
