Esta semana, en mi círculo social por aquí en Internet, han ocurrido tres cosas que me preocupan.
La primera afectó a una persona muy especial, que tiene tenía un gran blog: personal, lleno de vida, impregnado de ella misma. Han utilizado su imagen con propósitos deshonestos, por supuesto sin su permiso. Una falta de respeto a su intimidad inaceptable, que le ha provocado un cabreo y, además, que haya tirado la toalla. Su generosidad y su confianza en los demás no han dado el resultado esperado. Penoso. Vergonzoso.
La segunda tiene que ver con uno de mis followings en Twitter. Este chaval está desarrollando un proyecto muy respetable. No obstante, no ha faltado quien, creyéndose quizá superior, tuvo la genial idea de plagiarle mientras se mofaba de él. También han utilizado, al parecer, su imagen sin permiso. Una falta de respeto también a su trabajo. Igualmente inaceptable, pero que quizá me toca más, porque yo también tuve que defender algo muy importante para mí de críticas de los demás. Hay que tener mucha fe en uno mismo para seguir adelante, porque esas desafortunadas críticas hacen mucho daño.
Y la tercera: otro chico que conozco de hace ya años y al que mantengo cierto aprecio, que ha hecho algo mal: creerse quien no es. Algo muy común en Internet, por desgracia (demasiados falsos emprendedores, CEOs y community managers hay según las bios de Twitter, seamos honestos). El problema ha venido al no estar a la altura del papel que se ha adjudicado a sí mismo, afectando a la credibilidad de terceros. Su respuesta ha sido atacar sin fundamento a sus críticos, una defensa desesperada. Amigo, ha sido patético. Cuando tus acciones pueden poner en duda a tanta gente, hay que andar con pies de plomo.
En base a esto, yo saco, como no podía ser de otro modo, mis conclusiones. Tampoco es nada nuevo, pero hace falta recordarlo: no podemos ocultarnos tras la pantalla. Recuerdo aquel que decía que Internet es también el Mundo Real, y tiene razón en el sentido de que detrás de ellas, al igual que estamos nosotros, están otras personas, con sus proyectos, ideas, sentimientos. Quienes me conocen saben que siempre he sido muy cauto con todo esto, y no hago jamás por aquí lo que no haría en mi día a día. Hace ya más de 15 años se llamaba Netiquette, y hoy, con un contacto social mayor en las redes sociales, adquiere aún más importancia.
Internet nos ha dado a muchos, y nos da, la posibilidad de llegar a mucha gente, de compartir y conocer como no hubiéramos podido, al menos de forma tan sencilla, lejos de nuestro ordenador. Yo he conseguido algo muy importante, y por lo que estaré eternamente agradecido: ser leído con apenas 14, 15, 16, ahora 17 años. Ser tenido en cuenta.
Creo que he sabido disfrutarlo; que he aprovechado la oportunidad sin excederme. Creo no haber faltado al respeto a nadie por el camino, no conscientemente al menos, y no tendría problema en disculparme si lo hubiera hecho o si lo hiciera en un futuro. Y creo que toda esta gente que ha obviado que las entidades que hay en Internet no son bits, sino carne y hueso, deberían hacer lo mismo que yo hago: pensar en todo lo que podrían hacer desde su teclado, y no en desperdiciarlo fastidiando el día a los demás o echando por tierra el esfuerzo de otros.
Llamadlo hijos de puta con tiempo libre, llamadlo aburrimiento. O quizá el problema resida en que la sociedad en Internet es como es afuera. Pero quien crea que Juan se va a quedar callado viendo cosas así, sea donde sea, lo lleva claro.

