Como ya os conté, en mi periplo por Centroeuropa tuve la oportunidad de visitar el museo Belvedere, en Viena. De él podría mencionar el propio edificio (un bonito palacio), su sala para gritar, o El beso de Klimt. Pero en realidad, ni eso pudo sorprenderme más que ese cuadro que veis ahí arriba.

Da igual que sea una de cinco copias, o que el verdadero Napoleón fuera a lomos de un burro en la realidad. Cuando lo vi a lo lejos me dije “oh, no puede ser”. Y no solo por reconocerlo (soy lego en esto del arte), sino porque el Napoleón cruzando los Alpes no es un cuadro cualquiera. Cautiva su dimensión, su color, su potencia.

Entonces es cuando te descubren que, oh, el gran emperador francés lo contempló en su momento como tú lo haces. Que el propio pintor, Jacques-Louis David, es de por sí todo un personaje de la Revolución Francesa. Te das cuenta de que estás delante de un pedazo de Historia. Hipnotiza, incluso a los que la pintura nos es algo ignoto.