Voy a ser periodista. A cada día que pasa, más clara tengo mi vocación. ¿Que me gusta escribir? Claro. ¿Que me gusta hablar? Por supuesto. ¿Que me interesa el mundo que me rodea; la sociedad, los individuos, nuestro entorno? Faltaría más. Sin embargo, a nadie se le escapa que el periodismo es más que eso.

Lo cierto es que se trata de un oficio atípico. Mientras que un médico ayuda a conseguir eso tan humano que es vivir más, o un albañil pone su grano de arena en aquello otro de adaptarnos a cualquier entorno, solo por poner algunos ejemplos, un periodista ha de hacer algo que, según cuenta Punset (y si él lo dice me lo creo), va en contra de nuestra naturaleza. Porque el periodismo (el auténtico) consiste, parece ser, en decir la verdad.

Cuán poderosa es la verdad. De ella depende tener un régimen democrático; que las cosas vayan mejor, a cualquier escala. En muchas ocasiones, la prensa saca a la luz verdades peligrosas, y es ahí cuando somos conscientes de su valor, cuando no dudamos en entronarla como el Cuarto Poder. Sin embargo, hay algo que me preocupa: el periodismo se está alejando de ese principio fundamental de revelar las cosas tal y como son.

Primero, me mosquea infinito que cada periódico tenga su propia verdad. La exageración de detalles minúsculos, la ocultación de aspectos esenciales más, en el peor de los casos, la tergiversación, además del sempiterno aderezo de sensacionalismo, es la explosiva receta con la que se elaboran la mayoría de los diarios en España. Es desagradable ver cómo nadie se separa de su línea en un momento en el que uno y otro bando (siempre de carácter político o económico) cometen errores, y siendo cómplices de ellos. Qué falta hace la autocrítica, no demasiado común en los medios y nula en la clase política, que ya ni ruedas de prensa decentes realiza.

Y segundo: si ya bastante tienen con sus propias meteduras de pata, los medios se están contagiando de las malas maneras de Internet. Recuerdo aquel episodio en relación a la muerte de Michael Jackson, el año pasado, en el que la rapidez con la que las noticias se propagaron provocaron más desinformación que otra cosa. Y si ya de por sí la supersónica velocidad en Internet provoca malentendidos, cuando los medios compiten con dar la noticia un poco antes el caos es incluso mayor. Lo cierto es que esa batalla ya la tienen perdida, y lo único que consiguen con ello es ofrecer información incompleta y sin el debido contraste. Si bien la Wikipedia me encanta, sabemos que, además, los datos que nos aporta Google no son siempre verdad absoluta.

¡Qué demonios, el papel del periodismo es contar verdades! Por eso, se escuchan las primeras voces dando importancia a la reflexión, más que a la primicia. Desde que cada persona con Twitter o blog es un reportero, la opinión es el nuevo bastión: ahora la prensa se debe encargar de analizar con precisión los sucesos, de ofrecer un punto de vista que tenga valor, más que el de los propios internautas. Más le vale al sector recuperar sus valores de objetividad, rigor y vocación de servicio público; defender los derechos humanos y denunciar, como siempre ha sido su deber, sus violaciones. Porque el panorama no es demasiado halagüeño. Y allí espero estar yo, intentando poner mi granito de arena, aunque errando como todos. A veces pienso que me estoy metiendo en la boca del lobo, pero no me importa. Al menos tendré la suerte de hacer algo que me gusta.