A todos nos asquea la pederastia. Creo no errar al afirmar que incluso a muchos de los propios pedófilos les ocurre lo mismo. Es por ello que todo este tema de la pederastia en el seno de la Iglesia Católica está siendo tan polémico y mediático: porque tocar a los niños es uno de los rechazos más puros que las personas tenemos en nuestro interior.

Desconozco realmente si el porcentaje de religiosos pederastas es lo suficientemente significativo como para considerarlo un problema “endémico”. No sé qué pensar: si todo esto se estuviera exagerando, algo que desconozco, sería tremendamente injusto hacerlo, aunque desde el sector conservador se haga lo mismo en tantas ocasiones con el colectivo homosexual, y con muchos menos argumentos.

Pero lo cierto es que hay muchos casos. Miles y miles. Dejando de lado las proporciones, tamañas cifras asustan. Pero lo que más peligroso me parece, lo más censurable, es, sin duda, el encubrimiento. No sé dónde quedó el ejemplo de ese Jesús al que tantas personas admiramos. El fiscal vaticano es un hombre de buenas palabras, pero no me es suficiente. La denuncia ha de surgir de la propia Iglesia, en mi opinión; además, quizá tanta acusación de soborno tenga algún fundamento.

La Iglesia, al igual que cualquier otro poder, es más amiga del silencio que de la autocrítica, y sus intentos de arreglar tanto mutismo no parecen ser suficientes. Falta rechazo sin medias tintas, medidas directas, franqueza. Pero si no lo hace un gobierno cualquiera, no se pueden tener esperanzas en que lo haga una de las instituciones más conservadoras que existen.

Actualización (dos días después): Dos rojillos dan sus argumentos, y, lo peor de todo: usando las palabras y las cifras de la Iglesia. Mmm. Entran ganas de radicalizar el discurso, pero seré cauto. Ya veremos si hay alguna novedad.