Hoy, toca anécdota. Como tantas otras, me ha servido para comprender mejor algunas cosillas. Os cuento.

El año pasado tuve la oportunidad de encontrarme, por primera vez en mi vida, con un joven ejemplar de franquista-fascista-neonazi-llámelo usted como quiera. Obviamente, no pude dejar pasar la oportunidad de investigar cuáles son sus características, cómo respondería a mis estímulos y, sobre todo, qué es lo que se esconde tras tan a priori ingente cantidad de odio sin sentido.

Primer día, en el autobús, junto a las 20 personas con las que compartiría el siguiente mes. No conocía a nadie, y como suelo hacer en tales circunstancias me dediqué simplemente a escuchar. Nah, todo normal: los chavales soltando banalidades, las chicas cotilleando, otros en silencio y, bueh, un chaval fardando de amenazar maricones. En ese momento solté (para mis adentros) un terrible OH WAIT! Puse aún más la antena, y el chaval seguía en su línea: presumiendo de amenazar, de insultar, de despreciar. Por lo menos ya sabía a quién tendría que aguantar.

Sin embargo, no tardaría en descubrir que, en el trato, era mucho más serio que las demás joyitas. Se presentó con toda la educación del mundo, a lo cual yo respondí, no os voy a engañar, con la mayor de las falsedades. Eso sí, cuando unos días después volviéramos a coincidir en otro autobús, y no teniendo más remedio que sentarnos juntos, empezó la conversación, que se iría prolongando por varios días. Lo curioso es que fue todo un placer.

Y es que cuando empezamos a hablar tema por tema, acabó, primero, respetándome él a mí, y, después, sorprendiéndome yo con él. Podría decir que le cogí respeto, si bien no es demasiado exacto. No obstante, al lado de su faceta irracional agresiva, también tenía ciertos argumentos que, si bien muchos de los cuales eran inexactos, argumentos eran. Es decir: una de sus mitades se correspondía con la previsible actitud fruto de cierto adoctrinamiento, y la otra, en cambio, con una parte más justificada. El chico sustentaba sus actuaciones en unas bases frágiles, pero existentes, y eso me llamaba la atención.

Toqué el tema de las mujeres (no era machista; esa lección, en el siglo XXI, ya está mayoritariamente aprendida), pero me sorprendió su enconamiento en cuanto al racismo. Aludió a supuestos estudios que demuestran la supremacía intelectual, que no física, de la raza blanca (?), demostrándolo con la prosperidad de Occidente en contraste con el Tercer Mundo. Obviaba, por poner ejemplos simples, las malas condiciones territoriales del continente africano, la corrupción del continente instigada por el Primer Mundo, que (en principio) no descubrimos la rueda, que el mundo islámico en la Edad Media estaba mucho más avanzado que el cristiano (de hecho, si no fuera porque la ciencia confesional, en su mayoría, prefiere amoldar la fe a los descubrimientos y no viceversa, iríamos por el mismo camino). Da igual, le han dicho que hay un estudio, y le era suficiente. Pero, al menos, ¡oiga, pensaba!

Lo confieso: no le saqué el tema de la homosexualidad, tales eran las barbaridades que me esperaba. Eso sí: en algunos otros temas, secundarios por ser menos candentes, como las relaciones familiares o respecto a ser ciudadano, mostraba una sorprendente sensatez gracias a la cual, precisamente, le cogí ese respeto entre comillas que mencionaba antes.

Pero una última sorpresa. A la vuelta, sus padres y su hermano pequeño le esperaban. No podría describir el cariño con el que abrazó a los tres a la vez. Quizá solo me sorprendió ver que alguien con tanto odio adentro pudiera demostrar tal ternura. Recordé aquello que me decía mi madre de la vuelta de los comunistas durante la transición: tan mal les habían hablado de ellos que creían que eran poco menos que monstruos.

No, de nada sirve cerrarse en banda a nadie. Soy de los que piensan que todo ser humano tiene algo bueno en su interior, y aunque me reafirmo en mi rechazo absoluto al odio, máxime cuando carece de argumentos, creo que incluso de aquellos que odian puedes aprender algo. Y si mis conversaciones con aquel chaval sirvieron para que reflexionara aunque fuera un poquito, así como yo hice, no necesito más. A mí, me ha valido la pena.

Honestamente, no sé qué imagen ponerle a este post, por lo que así se queda.