Una academia de catalán en medio de Praga, una escultura en honor a los dementores, una matrícula LOL, coches del año catapúm, carteles bizarros, periódicos de pago que puedes llevarte sin pagar, muchen palabren acabaden en -en, un museo serio con una sala donde gritar para desahogarse y un parque dedicado al esperanto nos dejaron ojipláticos.
Pero nada como lo que acaeció en otro museo de Viena. Agárrense los machos, porque es lo más raro que me ha pasado -y seguramente pasará- jamás.
La anécdota
“Juan, que sí que nos da tiempo a ir al otro museo”, decía mi buen amigo Carlos (AKA Charles) mientras aún estábamos sorprendidos gratamente por las peculiaridades del Belvedere. Lo cierto es que sí, nos quedaba un museo importante por ver, donde había aún más obras de Klimt. Yo no tenía ganas de ir para tan poco, pero al final, como nos dio tiempo, llegamos y entramos.
Todo normal: ya dentro del bonito edificio, informamos de nuestra minoría de edad y, en consecuencia, pagamos unos reducidos 4 euros de entrada. Hasta ahí todo perfecto. La mujer de la entrada nos dice que la acompañemos: me fijo entonces en que, en frente, tenemos una enorme sala vacía. El edificio era enano; empiezo a preguntarme dónde está verdaderamente la exposición. Abre con llave una puerta bastante discreta en la pared, y nos dice que bajemos al segundo sótano, que en el primero, donde hay una exposición temporal, no podemos entrar porque somos menores.
Se cierra la puerta tras nosotros, bajamos unos quince escalones y nos encontramos… con un jacuzzi. Estaba funcionando, y era un modelo muy bonito, con luces de colorines; pero, qué demonios, estábamos en un museo. A la derecha, los baños, con dos duchas previas (mamparas bien transparentes). A la izquierda, nos encontramos una enorme equis de cuero, que sobre fondo granate da la bienvenida a la exposición “prohibida”. Carlos y yo echamos un ojo, y vemos algunas salas con luz tenue, pequeñas, con camas y… muchos clinex. Salimos, sabiendo que no era ese nuestro sitio, y bajamos sumisamente al piso -2.
Allí nos atopamos con dos sillas y dos tumbonas de plástico, así como una sauna en cuyo interior vemos una maqueta del museo (?). Cruzamos otra puerta, y llegamos a lo que podríamos denominar el lugar más bizarro que he visto nunca. Allí había:
- Frescos de Klimt a modo de moldura, de unos 30 centímetros de ancho a lo alto de una pared de unos 4-5 metros de altura.
- Un ciervo disecado, y un león que también lo parecía (aunque podría ser artificial, no lo recuerdo).
- Camas y más clinex.
- Una casa de plástico para que jugaran los niños.
- Una mesa de plástico (a juego con el resto del mobiliario) con un puzzle inacabado encima.
- Una máquina expendedora de bebidas.
Semejante combinación de elementos sin sentido alguno me dejó, evidentemente, desconcertado (por no decir trastornado). Lo más divertido será cuando, ya decepcionado a la par que sorprendido, me entere por mi compañero de que la amable señora de la entrada nos había cerrado con llave. Ah, genial.
Carlos y yo damos un par de vueltas más por el museo, por si veíamos algo nuevo. Faltaría más: no había salida alguna… excepto por la que marcaba la gran equis de cuero. Ya por fin nos decidimos a adentrarnos, y podemos ver más salas en las que se repite el patrón cama baja-cortina-clinex-espejos-luz tenue, condones (que nos sirvieron para amortizar la entrada), una barra de striptease, una barra (de bar), enormes sofás de cuero, cuadros eróticos por las paredes, aún más salas y hasta un cepo. Carlos decía que era arte; yo, que era un picadero. Además, fue surrealista ver a niños jugueteando con la barra del striptease (esta) o soltando gritos fácilmente identificables como gemidos. ¿Dónde demonios estarían sus padres?
Ya por fin salimos, y una vez volvemos a entrar en el museo (por la entrada), y tras la cara de susto que nos puso la que nos había vendido el ticket, me da por mirar en el mostrador los papeles que ahí están. Lo cierto es que se trataba de un local de swingers: intercambio de parejas. Ahí se hacía de todo: bondage, body painting, BDSM… solo que -y afortunadamente- de noche. Si no me creéis, podéis visitar la web del museo y del picadero. Me viene a la cabeza esa frase que el propio Carlos me recuerda de vez en cuando: “Comerle el coño a una zorra o masajearle los pies no es la misma jodida cosa”. No, lo siento: ambos modelos de negocio no son compatibles.
Y ahí termina el relato de la cosa más rara que me ha pasado nunca: del día en el que entré a un museo y salí por un lugar de intercambio de parejas.
Actualización: Jotaez (no podía ser otro) me pide la foto del dementor, que por accidente se ha quedado fuera del collage. ¡Ahí la tienes! :D

Actualización (otra): Me informa don Javier del revuelo que se está montando en torno a tal museo. Al parecer fuimos al segundo día de su apertura (la del club), y se trata de la réplica de otro local con bastante renombre en esto del vicio.


