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Leyendo un inspirador post a raíz de las lamentaciones por la muerte de Vicente Ferrer, me es imposible no reseñar un par de cosas respecto a la generosidad en los tiempos que corren.

Muy acertadamente señala las cuotas de altruismo en forma de euro que en este mundo comercializado han sustituido a la ayuda directa a las personas. En efecto: pagando uno de los azules todos los meses a tal o cual ONG sentimos, primero, que somos generosos, y segundo: que ya hemos llegado al cupo por el mes. Esto es así de frío, en efecto, pero ¿deja acaso de ser eso ayuda real? ¡Qué más da que sea por sentirnos bien! Ayudamos, y creo que toda ayuda, además, conlleva satisfacción personal (y una vez más recibirá mi mayor admiración aquel que pueda desligarse de ese sentimiento).

Y es que las buenas acciones siempre llevan algún tipo de beneficio o interés. Sentirse bien consigo mismo, efectivamente, es la más lógica de todas ellas, pero también obtener un reconocimiento exterior, por ejemplo. Me vienen a la cabeza las beati/canonizaciones. Dios me libre de insinuar que Ferrer, sin duda un  buen hombre, buscase santificarse. Sin embargo, en su momento vi en “Camino” (pero tranquilos, que también por otras fuentes más fidedignas) el objetivo final de la vida de una persona según los del Opus: precisamente, convertirse en santo; por eso hay que actuar bien. Me parece, honesta y teóricamente, de un egoísmo increíble, pero en la práctica ¿no es eso un gran beneficio? Si realmente nos ofrecieran una vida extraordinaria más allá de la muerte para la cual haría falta actuar bien, ¿no trataría todo el mundo de poner de su parte, y no sería acaso la sociedad algo mejor?

En definitiva: mentiría si dijera que conocía bien a Ferrer y que he sufrido su pérdida, pero desde luego no es una buena noticia que una buena persona, con también buenas ideas, y que tan fácil nos ha dejado ser cómodamente generosos, se haya ido. Gracias, pues, hayas sido o no un santo.