Ayer, cardiaco, llamé a mi familia en Oxford, quizá demasiado pronto (de días, no de hora). Primero lo coje un muchacho al que, con esto de los nervios, le pregunto que si es Mr. Tal. Ni lo era, ni debía haber preguntado así, obviamente, y en el fondo sé que la exagerada carcajada tiene cierta justificación (si bien mal va si cuando llama un desconocido lo primero que hace es descojonarse).
Posteriormente, ya sí, Mr. Tal toma el teléfono y entre la sarta de palabras que me suelta entiendo básicamente una: esposa, era ella la que se encargaba. No sabía que era de España, no sabía cuándo llegaba, no sabía nada. Uy qué bien. Nos vemos el domingo, adiós. Adiós.
Reconozco que me bajó la moral: ya bastante nervioso estaba como para este -ejem- caluroso recibimiento. Pero sé que es injusto juzgarles aún, aunque algo le diré a ese niñato, ¡hum! ¡Se la devolveré como que me llamo Juan! Esperemos que la “wife” sea algo más, no sé, cercana. En fin, todo esto promete, va a ser interesante. En todos los sentidos.

