Este lunes he tenido la última clase de Educación Física en toda mi vida, y es algo que me alegra bastante.
No me gusta el deporte. Empecemos con que soy un negado: no tengo fuerza alguna, me canso rápido y encima soy especialmente patoso cuando hago ejercicio (de normal no tanto). Ya sé lo que dicen de “mens sana in corpore sano”, pero cuando solamente dos deportes te convencen (uno imaginario y otro al que no tengo con quién jugar, el tenis) y encima no has sido fabricado para esas cosas, pues se hace algo complicado de seguir.
No me van. Me cansó el baloncesto. Cuando veo que algo parece entretenido, me doy cuenta de que no puede ser. Me refiero concretamente, aunque podría aplicarse a otros, al hockey, al que jugué el otro día y me lo pasé genial. Pero no. Si ya es difícil encontrar a un tenista, como para hacerlo con un equipo entero con sticks. Y con el fútbol, pa qué hablaros.
Yo en primero de primaria me apunté a fútbol de extraescolar. Un par de meses después ya estaba fuera. Lo odio. Mantengo una irracional cruzada contra él: no quiero ni oír hablar de ello. Aunque también es verdad que ir al campamento el año pasado me sirvió para ver que las conversaciones entre hombres (ejem) de mi edad giran en torno a dos temas: mujeres y fútbol. Y me parece tremendamente aburrido, triste e insoportable.
No le veo yo la gracia a ver a veintidós paisanos corriendo tras un balón durante no ni uno ni dos ni tres, sino noventa largos minutos. Y esas millonadas, que con lo de Cristiano Ronaldo está muy de actualidad. Despierta afición (y muuuuy intensa), pero no le veo sentido. Quizá es como la religión, pero en vez de ir a la Iglesia te pones frente a la tele.
En definitiva: sé que algo tendré que hacer, no puedo estar sin hacer deporte. Pero eso ya se verá. Dejadme disfrutar de esto unos meses, anda.

