Sí, sí: la modestia. Veréis: para mí que una persona exprese una virtud suya siempre chirría. Esto es: jamás una persona puede hablar bien de sí misma sin que despierte en mí un instintivo recelo, con levedad reseñable, eso sí. Tan solo me cabe la afirmación evidente acompañada de una negación atenuadora (lítotes, que llaman, ¿no?). “Dicen que no soy malo en”, “No se me da mal”. Ese tipo de cosas. No sé, es un valor que tengo adquirido, y cuando me lo salto vienen los remordimientos, pues creo que solo tengo derecho de jactarme de algo: de conocer mis ciertas virtudes y muchos defectos. Y eso, sin duda, no me da derecho a promulgar los primeros. En efecto, a veces peco de lo que critico, pero lo evito, lo evito.
Podréis imaginaros, por tanto, que grandes muestras de vanidosa presunción encienden todas las alarmas. Si alguien afirma que es el mejor, así tal cual, no puede sino ofenderme. Y no porque yo no lo sea (que tampoco), ni aun porque él precisamente lo sea, sino porque esa afirmación solo lleva a la incomodidad de los demás, precisamente a una innecesaria ofensa. No podría ser menos. Además, expresar tus cualidades con semejante dureza y superficialidad es subestimar las de los demás. Tengo pleno convencimiento de que no hay persona sin virtud, e incluso me atrevo a afirmar que toda virtud tiene el mismo valor, pues sea esta cual sea hace a la persona especial. Y el que sea capaz de entender esto, aquel que plagado de grandes virtudes sepa apreciar (y respetar) las pequeñas de los demás se merece mi mayor admiración.
(</paja mental>)

