Estoy convencido de que alguna vez he hablado sobre ello: soy dado a elaborar diálogos que jamás llevaré a cabo. Siempre que hay alguna situación que me altera de especial modo (para mal, eso sí) con alguien, no tardo en elucubrar cómo responder a posibles afirmaciones, elaborando mis argumentos, siempre determinantes, ninguno de los cuales utilizaré jamás en esa hipotética conversación bien por imposibilidad bien por vergüenza.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, esta habilidad mía de tener debates mentales con mis enemigos me ha llevado a imaginarme respuestas a situaciones años atrás. Ejemplo: cierta vez un cierto profesor afirmó que un hijo debería estar más orgulloso de un padre con estudios que de uno sin ellos. Yo le respondí (hace de esto ya cuatro años), pero no tuve la habilidad, ni posiblemente la inteligencia, para darle un argumento contundente. Hoy le hubiera respondido (os aseguro que no me cortaría) que definitivamente más orgulloso estaría de mi madre, que tuvo que irse de su casa a trabajar con 16 años y pagarse con su sueldo el graduado, que de un niñato que estudió cualquier carrera en una universidad privada. E insinuaría que con ese niñato me refería a él.
¿Cómo respondió aquel hombre que tenía por profesor? Achacando mi infundada opinión a mi falta de madurez. Ese mismo hombre nos demostraba cada no demasiado tiempo su odio hacia, por ejemplo, los homosexuales, con ejemplos de lo más pintoresco y absolutamente despreciable, así como de su repugnante misoginia. Me daba igual que tuviera sesenta años: se ve que la experiencia no lo es todo. Y como decía Aitor hace un par de años defendiéndome (aunque no nos metamos en berenjenales), si el único argumento que tienes contra un interlocutor es su juventud, mal vas.

