Llevo ya años leyendo testimonios de escritores que sienten una enorme pasión hacia su oficio. Les encanta escribir, y eso me llama la atención. Porque no sé si me encuentro en condición de decir lo mismo.
Casi todos sabréis que he escrito un libro, y además actualizo con bastante frecuencia DYD. Con 16 años a la gente le parece raro que haya concluido una novela de dimensiones considerables, y por ello, digamos, tienen asumido que me encanta escribir. Es normal, hasta yo lo pienso. Pero en realidad no tengo muy claro que así sea.
Yo no disfruto escribiendo exactamente. Disfruto tecleando, disfruto creando mundos, disfruto reflexionando y disfruto viendo un texto concluido. Parece que algunos maestros de la pluma entran en una especie de éxtasis mientras trazan las palabras de sus complicadas creaciones. Pues bien, lo cierto es que creo que a mí me alegra más leer, por ejemplo. Escribir es mi herramienta para dar a conocer lo que pienso o plasmar una locura imaginativa, pero no un fin en sí mismo.
Reconozco que a veces me entran ganas de ponerme a escribir, de repente, en especial si me pasa algo intenso, pero es solo una vía de escape, pues podría desahogarme de igual modo contándole mis intimidades a cualquier confidente.
Entonces me vuelve la duda. ¿Realmente me gusta? Porque seguramente esas cosas que escribo no podría contárselas a nadie. Porque en poco se diferencia qué es lo que me gusta del proceso de escritura de la escritura en sí misma. Y pese a que no sea una orgasmática experiencia, ni me quite el sueño no poder hacerlo. Mmm. Pues tal vez sí que me apasiona.
(En cuanto a la imagen, podría hablar un poco también del encanto de la pluma y la comodidad del bolígrafo o, mejor aún, el lápiz. Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. Ya hubo suficiente paranoia pseudofilosófica por hoy)

