Cónclave
escrito por un tal Juan Ángel
Acabo de volver del cine. Hoy he visto Ángeles y Demonios, una película que se antojaba cuanto menos entretenida. Tras el sablazo de 7 euros y pico (sí, señores, han oído ustedes bien), he de reconocer que lo he disfrutado: un film bien hecho, con los medios que solo una superproducción de tales características puede permitirse. Algunas escenas son espectaculares, ayudadas por los efectos especiales, ocultando así lo inverosímil de ciertas partes del argumento, que es, no obstante, verdaderamente emocionante. Y sin olvidarnos (Dios nos libre) de su extraordinaria banda sonora, en la línea de la que aderezó El Código Da Vinci, compuesta por un magnífico Hans Zimmer.
Pero el motivo de que escriba este post va más allá. En efecto, algunos acontecimientos de la película (y por extensión de la novela) son extremadamente forzados, así como la trama en sí (todo lo relacionado con los Illuminati o cómo está todo dispuesto en el CERN como si la antimateria fuera una reliquia que se pudiera coger con la mano). De lo que quiero hablaros es de algo que el largometraje muestra de forma intachable, con la grandeza que se merece, y que, pese a parecer de novela, es muy real: la tradición en la Santa Sede. El cónclave.
Me sobrecogió el recuerdo que reviví en mi mente. Cuando Juan Pablo II falleció y viví (como espectador, obviamente) la elección del nuevo Papa, toda la información que dieron por los telediarios me enseñó cómo era aquella tradición. Cónclave. Cerrados con llave en la sublime Capilla Sixtina, todos los cardenales. Votaciones. Fumata negra. Fumata blanca. Es sin duda una ceremonia sobrecogedora, a la altura del misticismo que ha sido la clave del éxito de todos los bestsellers que han aparecido tras la estela de El Código Da Vinci. La Iglesia tiene mitos y costumbres que, no cabe duda, tocan la fibra sensible de, creyentes o no, todos aquellos que hemos sido educados en la fe cristiana. El canto gregoriano, las procesiones (¡tienen su aquel, reconozcámoslo!) y toda celebración católica que se viva con intensidad está impregnada de ese sentimiento del que tan difícil es desprenderse.
La Iglesia no es solo los valores de Jesucristo, es toda una cultura más allá de Él. Sabéis que no soy creyente en nada, pero mi corazón a veces se resiste a dejarle espacio a la razón, pues en el fondo amo esa apasionante novela que conforma el mundo católico. En realidad, esta maldita música de Hans Zimmer me lo dice a gritos (con voces angelicales, eso sí). No en lo racional, pero sí en lo emocional. Exista Dios o no, placentero es dejarse llevar por lo místico.




Comentarios
La verdad es que tengo ganas de echarle el diente a esta peli.
Merece la pena.
La música sacra es así denominada precisamente por eso, porque cualquier ser humano es puesto inmediatamente en contacto con lo sagrado. Y de siempre las cosas sagradas fueron los procesos superiores de la mente, las preguntas que la materia más evolucionada entre las otras materias podía preguntarse: qué hay más allá, qué hubo antes de mí, ¿puedo seguir evolucionando como materia hasta alcanzar un nivel superior de sabiduría?.
:)
Buscando por tu blog he acabado en esta entrada. Yo vi esa película después de meses, casi años, esperándola. Me decepcionó increíblemente, yo amo el libro de una manera sobrenatural, y lo que yo vi, no era ni más ni menos lo que esperaba.