¡Ay, Twitter! Parece que fue ayer (en realidad no, casi dos años) cuando abrí mi cuenta en esa cosa rara en principio absolutamente inútil que era el primer (y creador del término) servicio de microblogging. 140 caracteres, no más gracias-a-Dios, en la más sencilla red social ever. Porque esa es su finalidad: ser social.
No me vale la justificación de que no sirve para nada contar tu vida, porque es mentira. Como todo perfil social, debes tener contactos para que sea útil. Con mis a día de hoy 266 followers y 185 twitteros a los que sigo, he de deciros que mi experiencia con él es excepcional. En estos últimos días he pedido opinión sobre varios temas: llegan las primeras sugerencias en cuestión de segundos. Dinares o el día de San Jorge. O recibir de repente alguna del gran número de joyas que he leído ya. Seguir eventos como keynotes, cumbres del G20 o el primer capítulo de la nueva temporada de Física o Química.
Todo ello gracias a un gran puñado de gente que conozco en mayor o menor medida, pero en definitiva un grupo de personas que algo siempre tienen en común conmigo. Un chat de buena gente, adictivamente disfrutable, todos potenciales amigos. Ha sido casi tan enriquecedor como el hecho mismo de tener blog. Twitter es la revolución social, la comunicación masiva hecha breve enunciado, la sencillez hecha regalo. Todo ello arropado por un séquito de usuarios cada vez mayor y siempre orgulloso de su condición de twittero, conocedor de sus fallos (y de la hermosa y mítica ballena) o de Enjuto. Que viva Twitter.
Y seguidme.

