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Llevo ya bastante tiempo (años incluso) tomándome la ceremonia católica por excelencia, la misa, como un pequeño e interesante espectáculo digno de ser analizado.

El viernes tuve por circunstancias que ir a la iglesia por primera vez en un año, y, como ya acostumbro a hacer, me pongo en modo visión desde arriba cenital y a atender hasta el más mínimo detalle. Mujeres que en vez de rezar cantando parecen querer exhibir su voz (aunque puedo equivocarme, tenía pinta de ser las llamadas “ratas de confesionario”), un cura de excelente oratoria (que no obstante nos dejó sin una homilía decente, la parte más interesante de toda la misa, que es cuando se les ve, o no, el plumero), y todas aquellas oraciones que cuando las miras desde afuera parecen rezos sectarios, al unísono, pero que en el fondo no puedo reprimir seguir tras tantos años siendo oficialmente un niño católico.

Y no deja de llamarme la atención, pues es una ceremonia sencillamente grandiosa. No quiero ni imaginar como será una buena misa dada en una gran catedral: se sea o no creyente, creo que no se puede negar que debe de ser algo por lo menos especial. Creo que, aunque la razón tire más para el pensamiento científico, mi subconsciente permanecerá engañado toda la vida, y jamás dejará de creer en la en todos los sentidos infantil religión, la que asimilé cuando aún no discutía nada de lo que se me enseñaba.