Y es que un peligroso torrente de ideas se agolpaba en su cabeza. No tenía nada que hacer (o al menos eso decía la agenda), pero el caso es que se sentía tremendamente agobiado por oscuras y desconocidas obligaciones. Creía que el mundo se le venía encima, cuando ni tan siquiera podía ser autocompasivo, pues de nada tenía que compadecerse. No tenía problemas, y sin embargo le atenazaba un peligroso vacío. Un sentimiento de impotencia que le aferraba a la cama mejor que esposas de acero. Tal vez la vida era demasiado para ser afrontada con tranquilidad, y lo que necesitaba era dificultades. La inutilidad era la peor de las ideas que rondaban por su cabeza. ¿Por qué todo estaba tan lejano? Él necesitaba un drama del que lamentarse: la muerte de un familiar, tal vez; un amor no correspondido, o incluso quedarse aún más solo. Tan solo así las lágrimas que corrían sus mejillas tendrían algún sentido, pues eran simplemente fruto del aburrimiento.

(Perdonadme este delirio personal. ¿Me estaré volviendo emo o algo por el estilo?)