
Título más concreto imposible. Después ya de bastantes días después de la vuelta, me decido por escribirlo.
Iba al campamento sin conocer a una sola persona. Ni una referencia. Pero eso fue lo de menos: quince días después todos más o menos seríamos amigos. Gente muy diferente a mí, pero buena gente (sin duda alguna) al fin y al cabo. Incluso al final más de uno conocía a alguno de mis amigos.
El camping en sí no era gran cosa. Los “quesitos” eran bastante normalillos -tirando a malos-, y la comida (basada en una dieta de gazpacho y patatas) no era precisamente de lo mejor. Pero eso fue lo de menos.
Los monitores eran geniales. Jóvenes, nos dieron una libertad que no me hubiese imaginado. Divertidos, cercanos -en ocasiones, tal vez demasiado- y, también, buena gente.
El sitio, eso sí, era guapo-guapo. En pleno Parque Natural de Doñana, la playa era “virgen”. Un faro en ruinas y sus limites que se perdían a este y oeste le daban un plus de encanto. Tuvimos también excursiones a Portugal (la primera vez que salí de España, toda una experiencia), y a Sevilla, donde disfruté de una bonita mañana haciendo centenar y medio de fotos (dudo que no sepáis ya, se perdieron para siempre junto a mi querida cámara) mientras paseaba, solo por decisión propia, entre los callejones del barrio antiguo, de increíbles rincones -me di de bruces con la judería, con un parque y con edificios de lo más bonito.
Incluso fuimos a Aquópolis -la primera vez también que fui a un parque acuático- y a Isla Mágica, donde pasamos una tarde sin parar de montar en casi todas las atracciones, sin apenas colas (toda una suerte), culminado por un muy bonito espectáculo de fuegos artificiales, láser y demás maravillas.
Anécdotas hubo muchas. Infinidad de paridas salidas de la boca de varios de mis compañeros (no sé si es la palabra más adecuada), la mano que discretamente se metió en el bolso de mi pantalón mientras estaba por Sevilla (afortunadamente ahí no había más que clinex), el libro de 30 céntimos (un bonito detalle), la barbacoa, de noche, mirando al mar, aprendiendo nombres de constelaciones en el despejado cielo que disfrutamos, y tantas otras cosas que ahora se me escapan, pero que tal vez, dentro de unos años, volveré a recordar, como la esencia de aquel primer campamento al que fui, sin ninguna espectativa inicial, pero en el que lo pasé muy bien.
