La rosa

escrito por un tal Juan Ángel

Llovía a cántaros. Un relámpago se dejó ver entre las cortinas, y el trueno se escuchó segundos después por si fuese poco el estrépito que causaba la tromba de agua. Ella jamás había tenido miedo de las tormentas. Es más, incluso le gustaban. Pero algo inexplicable hizo que un escalofrío recorriese todo su cuerpo, desde la coronilla hasta el último dedo de sus pies, desde el tuétano de los huesos hasta el pelo más superficial, que tenía erizado.

Se fue la señal. Apagó la televisión, e intentando calmarse, puso la radio. Esperaba que su hijo no estuviese sufriendo ese miedo, pero era incapaz de abrir la puerta del salón, y correr por el pasillo hacia él, por el maldito temor irracional que sentía, para recogerle. Se disculpaba pensando en que nada podía pasar, que sería mejor dejarle dormir.

Otro relámpago, aún más luminoso; otro trueno aún más sonoro.

Se apagaron las luces. Pero la radio seguía sonando, y el sonido retumbaba en las paredes del pequeño salón. Aunque lo peor de todo fueron las notas que emitía: Requiem, de Mozart.

Mientras que las voces cantaban, una tenue luz se dejó ver en el pasillo, y ella pudo ver una oscura silueta que, pese a no reconocer, le dejó paralizada.

Presintiendo que algo terrible iba a suceder, intentó correr a rescatar al bebé. Pero no pudo.

La figura se deslizó lentamente a la habitación en la que dormía.

Se hizo el silencio total. Desapareció la blanca y tenebrosa luz.

Sintió un cosquilleo de algo que, como una serpiente, se enroscaba en su brazo derecho, y que se detuvo con un levísimo suspiro, que, aún así, oyó hasta en lo más profundo de sí misma.

Entonces volvió la luz, la radio volvió a sonar con una pieza de violín muy animada, y la tele volvió a recibir la señal. La estancia volvió a estar iluminada, y ella pudo ver en su brazo un tallo espinoso, enrollado en él en espiral, y que mostraba a su fin la más bella flor que jamás había visto: una rosa blanca con los pétalos muy abiertos, puesta allí tal vez como disculpa.

Ella se puso a llorar desconsoladamente, pues había perdido a lo que más quería.